domingo, 20 de enero de 2008

La ciencia encuentra a Dios

Ariel A. Roth

Los dignatarios de la intelectualidad mundial quedaron conmocionados. ¡No era posible que fuera verdad lo que habían oído! El 9 de diciembre de 2004, la Associated Press trajo la primicia: el renombrado filósofo británico Antony Flew, que venía encabezando la causa del ateísmo por más de medio siglo, había cambiado de idea y decidido que tiene que haber un Dios. Esta noticia impactante se difundió por todo el mundo. Flew había asumido una postura contraria al comportamiento secularizado predominante en la mayoría de los círculos académicos.

El vuelco dramático en la posición de Flew, que había ocurrido el año anterior, no se debía a que se hubiera convertido a alguna de las religiones tradicionales. Flew cree sólo en un Dios que tuvo que originar lo que observamos en el universo, no en el Dios que se haya revelado, por ejemplo, mediante la Biblia. Sin embargo, sus comentarios parecen abiertos a la posibilidad de que Dios pudiera revelarse de esa manera.

Antony Flew es famoso. Ha escrito dos docenas de libros sobre filosofía y se lo había llamado el filósofo ateo más influyente. ¿Por qué este pensador se contradecía ahora y declaraba que tiene que haber un Dios? La respuesta es sencilla: debido a los datos que examina la ciencia. La ciencia que ahora descarta a Dios como explicación del mundo natural está encontrando evidencias cada vez más convincentes sobre la existencia de Dios. En una entrevista,1 Flew declaró: “Pienso que los argumentos más impresionantes en favor de la existencia de Dios son los que se apoyan en los descubrimientos científicos recientes”. De especial interés para Flew es el modelo del “Big Bang” para explicar el origen del universo y la precisión que necesitan las fuerzas identificadas por la física para hacer que exista la materia.

También lo impresionan los hallazgos en el mundo biológico. La vida es muy compleja, y Flew se refiere especialmente al “poder reproductivo de los seres vivientes”, para el cual los evolucionistas no tienen explicación. Comenta además que “ahora me parece que los hallazgos de más de cincuenta años de investigación en el ADN nos proporcionan un argumento renovado y enormemente poderoso en favor de un diseño”. Con esto último, da a entender que existen evidencias de un Diseñador, a saber, Dios. Flew estuvo dispuesto a abandonar la filosofía mecanicista (anti-sobrenaturalista) —que es predominante pero restrictiva, porque excluye a Dios— y prestar atención a los datos provenientes del mundo natural, que indican la necesidad de un Dios. En las propias palabras de Flew, tuvo que “ir hacia donde conducía la evidencia”.

Un universo bien afinado

Muchos datos indican que el universo tenía que ser exactamente tal como es; de lo contrario su existencia, y especialmente la vida que contiene, no sería posible. El cosmólogo Hugh Ross enumera 45 características físicas del universo que tienen que estar bien a punto.2 Nuestro fiel Sol constituye un buen ejemplo. Sin él la vida sobre la tierra no sería posible, porque su superficie estaría insoportablemente helada. Necesitamos la luz solar para que las plantas tengan la energía que mantiene la vida a través de la cadena de alimentación. El Sol provee energía fusionando hidrógeno para producir helio. Este complejo proceso que libera energía es el mismo del de una explosión de bomba H, de modo que podemos considerar al Sol como una bomba de hidrógeno cuya explosión es cuidadosamente controlada. No prestamos mayor atención al Sol y raras veces apreciamos su fidelidad al hacer posible día tras día la vida, lo que ha estado haciendo con regularidad durante un tiempo muy largo. No hay mucho margen para variación en lo que encontramos. Por ejemplo, si la Tierra estuviera sólo un 5% más cerca o nada más que un 1% más lejos del Sol de lo que está, toda la vida del planeta sería eliminada.3

La medida exacta de las cuatro fuerzas básicas de la física es uno de los argumentos científicos más fuertes en favor de la existencia de Dios. ¿Cómo podrían estas fuerzas tener los valores exactos que tienen, y los precisos campos de acción en los que se ejercen, sólo por casualidad? Una Mente maestra parece necesaria para planear todo esto. Las cuatro fuerzas básicas son la atracción nuclear fuerte, la débil, la fuerza electromagnética y la gravedad. Algunas, tales como la atracción nuclear fuerte, son muy poderosas, pero afortunadamente actúan sólo dentro del núcleo de los átomos, o de lo contrario todo en el universo se conglomeraría. Otras, por el contrario, tales como la gravedad, son muy débiles, pero actúan a distancias enormes, manteniendo el sistema solar y las galaxias en equilibrio.

Los cálculos y experimentos indican que un cambio de unos pocos puntos de porcentaje en la constante básica de cualquiera de estas fuerzas causaría la destrucción del universo entero. Además, la relación entre algunas de estas fuerzas tiene que ser extraordinariamente precisa. Refiriéndose a la gravedad y la fuerza electromagnética, el físico Paul Davies comenta: “Los cálculos muestran que los cambios en la intensidad de cualquiera de estas dos fuerzas en sólo una parte en 1040 implicaría un desastre para estrellas tales como el sol”.4 Esto significa que uno necesita una precisión equivalente a una parte entre 10.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000. Tal precisión indica que el azar es extraordinariamente improbable, y se desvanece en la insignificancia cuando se combina con otras improbabilidades también presentes. Matemáticamente, cuando se combinan improbabilidades hay que multiplicarlas, lo que conduce a cifras extremadamente improbables para los hallazgos de la ciencia.

El físico matemático Roger Penrose, de la Universidad de Oxford, hizo estos cálculos y encontró que la precisión necesaria para la existencia del universo toleraba sólo una desviación de una parte entre un número escrito con un 1 seguido de 10123 ceros.5 Esta es una probabilidad extremadamente baja. Si uno trata de representar este número colocando, después del 1, un cero en cada átomo del universo, se le acabarían los átomos muy pronto.

¿Cómo se originó la vida?


El problema más desconcertante que enfrenta la evolución es el origen de la vida. Tras un siglo de buscar y proponer diferentes escenarios todavía no ha surgido un modelo plausible. Este problema es hoy mucho más agudo que hace algunas décadas, porque estamos descubriendo dentro de los seres vivos más sistemas que son complejos y que no funcionan a menos que varias otras partes estén presentes. Un investigador ha propuesto llamar complejidad irreductible a esta realidad,6 que constituye un serio obstáculo para un proceso evolutivo gradual, porque no tiene valor evolutivo de supervivencia hasta que todas la partes necesarias estén presentes. Ocurre que la mayor parte de los sistemas biológicos son de este tipo, lo que pareciera indicar que Dios es un factor esencial para el origen de cualquier tipo de vida.

La forma más simple de vida independiente que conocemos hoy es un pequeño microbio llamado mycoplasma. Los virus, que son mucho más simples, no reúnen condiciones para representar la primera forma de vida que evolucionó en la tierra porque no pueden reproducirse por sí mismos, sino que son reproducidos por las células en las que se introducen. Pero el pequeño mycoplasma no es tan simple; de hecho, es increíblemente complejo. Su ADN contiene más de medio millón de segmentos de información que, a través del código genético, dictan la fórmula de 500 moléculas de proteína diferentes que realizan una multitud de funciones químicas específicas en el microbio.

La producción de sólo un tipo de proteína con la configuración necesaria para la función apropiada es algo increíblemente complejo y difícil. A menudo están implicados centenares de aminoácidos vinculados unos con otros, y no hay mucho margen de variación si se quiere que la proteína funcione correctamente. El biólogo molecular Herbert Yockey, de la Universidad de California en Berkeley, ha estimado cuánto tiempo llevaría producir una clase específica de proteína en la tierra antes de la aparición de la vida. Asume que esto podría ocurrir en cualquiera de los océanos de la tierra, y también asume que estos océanos ya estarían bien provistos de los aminoácidos. Sus cálculos indican que llevaría 1023 años producir una proteína determinada. Para decirlo de otro modo, los cinco mil millones de años que los geólogos asignan a la tierra son sólo una diez billonésima parte (una parte en diez millones de millones) del tiempo necesario para que se produjera así una molécula determinada de proteína.

Ahora bien, para que haya vida se necesitan muchos tipos diferentes de moléculas de proteína específicas, todas juntas al mismo tiempo en el mismo punto. Las moléculas de proteína son delicadas, así que para cuando uno podría esperar que aparezca un segundo tipo de proteína, el primer tipo se habría desintegrado ya mucho tiempo antes, lo que hace que el origen espontáneo de la vida sea prácticamente imposible. Pero las proteínas son sólo el primero de los problemas para que la vida evolucione por sí misma. El ADN es mucho más complejo que las proteínas, y en las células hace falta ADN para producir proteínas, ¡y proteínas para producir ADN! Para que haya vida se necesitan ambos, y hacer que cualquiera de ellos surja por evolución no nos dará el valor de supervivencia que es necesario para que el proceso evolutivo tenga éxito. Se necesitan también muchas otras moléculas tales como lípidos y carbohidratos, además de diversas estructuras especializadas que se encuentran en las células vivas. ¿Cómo se produce un código genético complejo mediante cambios evolutivos al azar? El código es por sí mismo inútil hasta que el ADN que lo dicta y las moléculas especializadas que lo leen hablen el mismo lenguaje.

Aunque uno pudiera hacer surgir por evolución la primerísima vida en la tierra, tal organismo desaparecería a menos de que pudiera reproducirse. La reproducción es una de las características cardinales de los organismos vivientes, pero es increíblemente compleja. En la reproducción uno tiene que duplicar todas las partes de la célula o de lo contrario el nuevo organismo no podrá sobrevivir. A veces el proceso es bastante sofisticado. Por ejemplo, cuando se hacen copias del ADN para una nueva célula u organismo, pueden ocurrir errores al copiarse la información. Estos errores son lo suficientemente comunes como para que la vida no sea posible a no ser por un sistema de corrección de copias. En la célula hay un juego de proteínas que controla el nuevo ADN que se ha producido, y si se ha deslizado un error de copia, se lo elimina y reemplaza con la versión correcta. En los organismos avanzados la complejidad es todavía más abundante. Hay que tener en cuenta órganos como el ojo, con su complicado sistema de acomodación, y el cerebro, con sus 100 billones (millones de millones) de conexiones. A lo largo de todo el proceso evolutivo, se necesitan muchos miles de nuevos tipos de proteínas. Pero al presente, los miles de millones de años que se proponen para la evolución resultan demasiado cortos para producir siquiera una molécula específica de proteína. Dios parece, entonces, absolutamente indispensable.

Una paradoja

En vista de tal evidencia abrumadora en favor de la necesidad de un Dios, ¿cómo es que los investigadores no lo están proclamando? En un bando, encontramos a un buen número de científicos tratando fervientemente de demostrar cómo la vida pudo haber surgido por sí misma. Algunos aseveran que todo este afinamiento preciso que se observa en el universo es simplemente un caso de buena suerte repetido varias veces. En otro grupo, hay muchos científicos que creen en Dios, pero mantienen silencio cuando se discute la cuestión de su existencia. Como resultado, se excluye a Dios de los periódicos científicos y los libros de texto de ciencia. Tal como se la practica en la actualidad, la ciencia es una extraña combinación de la búsqueda de verdad en la naturaleza, por un lado, con una filosofía secular que excluye a Dios, por otro. La comunidad científica de hoy está tan comprometida con el materialismo (mecanicismo o anti-sobrenaturalismo) que se considera anticientífico incluir a Dios como factor explicativo en asuntos científicos. Esto contradice la imagen usual de la ciencia como una búsqueda abierta de la verdad que sigue los datos del mundo natural dondequiera que nos lleven. Este fuerte secularismo de la ciencia existe a pesar de que el 40% de los científicos de los Estados Unidos cree en un Dios que contesta sus oraciones, frente al 45% que no cree tal cosa, y otro 15% que no está seguro.7 Pareciera, por lo tanto, que lo que los investigadores creen y lo que publican cuando asumen la pose del científico puede ser muy diferente.

En el pasado, la ciencia no era una filosofía secularista. Algunos de los científicos más importantes de todos los tiempos, como Sir Isaac Newton, incluian a Dios en sus explicaciones sobre la naturaleza. Otros científicos de primer orden que ayudaron a establecer los fundamentos de la ciencia moderna, tales como Kepler, Boyle, Galileo, Lineo y Pascal, creían en un Dios activo en la naturaleza, y ocasionalmente se referían a Dios en sus escritos científicos. No veían conflicto entre la existencia de Dios y sus descubrimientos porque creían que él había establecido las leyes y la regularidad de la naturaleza que hacen posibles los estudios científicos. Ahora, por el contrario, se da por sentado que hay que tratar de demostrar todo en forma materialista sin tomar en cuenta la existencia de Dios.

Es necesario recordar que, a través de los siglos, los esquemas mentales han cambiado dramáticamente. Las prioridades intelectuales de la antigüedad diferían de las de la edad media, y estas últimas de las de nuestra actual edad científica. Podemos esperar cambios fundamentales en el futuro. Una de las cosas más importantes que podemos aprender en esta edad científica es que hay buena ciencia y mala ciencia. Descubrir la intensidad de las fuerzas de la física es buena ciencia. Describir el fósil Archaeoraptor como intermediario evolutivo entre los dinosaurios y las aves es mala ciencia. El fósil resultó ser un collage de partes diversas. Un coleccionista de fósiles había unido tan habilidosamente la cola de un dinosaurio al cuerpo de un pájaro que logró engañar a buen número de científicos que estaban ansiosos por demostrar que las aves surgieron por evolución de los dinosaurios.8 Es importante aprender y practicar la buena ciencia, pero no queremos que nos engañe la mala ciencia.

¿Cómo podemos distinguir la buena ciencia de la mala? Desafortunadamente, no siempre se puede confiar en lo que dicen los científicos. Por ejemplo, si el estudio de la naturaleza revela que un Dios inteligente parece indispensable para explicar las complejidades que se encuentran, algunos investigadores pueden ceder al comportamiento social secularizado y a las presiones sociales de sus colegas para no dar a conocer estos hechos. Tal tendenciosidad requiere que hurguemos más profundamente en las cuestiones para tratar de encontrar qué es lo que realmente está pasando. Esto puede ser laborioso y muchos no tienen el tiempo necesario, pero por lo menos pueden ejercer cautela en cuanto a aceptar los pronunciamientos de los científicos. Cuando se tiene la oportunidad de estudiar un tópico en profundidad, conviene tener en cuenta algunas de las características de una conclusión científica sólida: (1) concuerda con toda la información disponible; (2) puede ser sometida a prueba, especialmente con experimentos repetibles, y puede ser descartada por los resultados; (3) es capaz de predecir resultados no conocidos todavía; y (4) no tiene un fin meramente polémico. Muchos investigadores no se dan cuenta de cuán difícil es demostrar un hecho científico, y desafortunadamente mucho de lo que se publica en el campo de las ciencias es especulativo.

Conclusión

En suma, la precisión que se observa en el universo y la complejidad manifiesta en los seres vivos indican la necesidad de la existencia de un Dios Creador. Esto es lo que convenció a Antony Flew. Dios parece indispensable para explicar lo que ha hallado la ciencia. Las observaciones sobre las fuerzas de la física, las proteínas y el ADN son todas repetibles y por tanto suministran evidencias de alto nivel científico en favor de Dios. Desafortunadamente, la ideología secularista de la ciencia contemporánea es tan fuerte que la idea de un Diseñador es en general rechazada hoy por la comunidad científica. Este rechazo se basa en factores personales y sociales, y no en datos científicos.

Ariel A. Roth (Ph.D., University of Michigan) es el ex-director del Instituto de Investigación en Geociencia y director del periódico Origins. Ha publicado más de 150 artículos en periódicos científicos y de interés general. Su libro reciente, Origins: Linking Science and Scripture ha sido traducido a 13 idiomas. Ahora jubilado, continúa investigando, dando clases y publicando. Su email: arielroth@verizon.net.

REFERENCIAS

1. Gary Habermas y A. Flew, “My Pilgrimage from Atheism to Theism: A Discussion Between Antony Flew and Gary Habermas”, Pholosophia Christi 6 (2004) 2:197-211.

2. H. Ross, “Big Bang Model Refined by Fire”, en W. A. Dembski, ed., Mere Creation: Science, Faith and Intelligent Design (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1998), pp. 363-384.

3. H. M. Hart, “Habitable Zones About Main Sequence Stars”, Icarus 37 (1979): 351-357.

4. P. Davies, Superforce (New York: Simon and Schuster, 1984), p. 242.

5. R. Penrose, The Emperor’s New Mind (Oxford: Oxford University Press, 1989), p. 344.

6. M. J. Behe, Darwin’s Black Box: The Biochemical Challenge to Evolution (New York: Touchstone, 1996).

7. E. J. Larson y L. William, “Scientists Are Still Keeping the Faith”, Nature 386 (1997): 435-436. Una encuesta posterior de la National Academy of Science muestra una proporción más baja de creencia en Dios entre el grupo muy pequeño de científicos prominentes.

8. Ver, por ejemplo, T. Rowe, “The Archaeoraptor forgery”, Nature 410 (2001): 539, 540.

viernes, 4 de enero de 2008

El canon de la Biblia: ¿cómo se formó?

El canon de la Biblia: ¿cómo se formó?

David Marshall

De todos los libros conocidos en la historia humana, ninguno es tan singular en su origen, tan maravilloso en sus afirmaciones, tan dinámico en sus promesas, o tan abarcante en su mensaje como lo es la Biblia. No es un libro común. Es más, no es un libro solo, sino una biblioteca con 39 libros en el Antiguo Testamento y 27 en el Nuevo. Su composición llevó siglos, y su autoridad viene durando más todavía. El primero de los 40 autores bíblicos (Moisés) está separado del último (Juan) por unos 1.600 años. Los autores proceden de diversas profesiones y recibieron educación en todos los niveles concebibles, desde el más alto hasta el más bajo. Difirieron en su condición y ocupación: Algunos fueron ganaderos, pastores, soldados y pescadores; otros fueron reyes, legisladores, estadistas, cortesanos, sacerdotes, poetas y médicos.

Era inevitable que sus estilos literarios reflejasen las diferencias entre ellos. Algunos redactaron leyes; otros, poesía religiosa, y otros más, historia. Algunos emplearon prosa lírica; otros poesía lírica; unos escribían parábolas y alegorías, y otros biografías o diarios y memorias personales. Algunos escribieron profecía, y otros simplemente correspondencia personal.

Con toda esta diversidad, ¿cómo fue que los 66 libros llegaron a ser considerados lo suficientemente especiales o divinamente inspirados para ser incluidos en lo que hoy llamamos el “Canon” de la Biblia?

Lo primero que tenemos que entender aquí es que ningún individuo ni grupo de individuos compiló la Biblia. La Biblia fue creciendo. Este principio se aplica tanto al Antiguo como al Nuevo Testamentos. El principio unificador que hace de la Biblia algo santo, diferente y orgánicamente viviente es Cristo mismo, quien trae salvación. Al contemplar el proceso por el cual se escribieron estos libros y llegaron a ser aceptados como inspirados, notamos que Aquel que es este principio unificador, estaba obrando también.

El canon del Antiguo Testamento

“Pocos son los que se dan cuenta”, escribió George Smith, “que la Iglesia de Cristo posee una garantía superior para el canon del Antiguo Testamento que para el Nuevo”.1 Esta garantía superior consiste en la relación que Jesucristo estableció entre él mismo y los libros del Antiguo Testamento. Con frecuencia los citó como fuente de su autoridad. Tras la resurrección, les dijo a sus discípulos que la cruz y todo lo que le había ocurrido no era más que el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. De hecho, hay profecías mesiánicas intercaladas en todo el Antiguo Testamento. Obviamente, el Nuevo Testamento no recibió el mismo peso de la autoridad de Jesucristo porque todavía no había sido escrito.

La autoridad del Antiguo Testamento fue aceptada por el pueblo al que estaba destinado —Israel— mucho antes de la llegada del Mesías. Bastará un ejemplo. En el curso de una limpieza del templo durante el reinado de Josías, se encontró “el libro de la ley” por mucho tiempo descuidado. El libro fue presentado al rey, quien lo leyó. Se dio cuenta de que se había extraviado debido a la indiferencia de sus predecesores. En épocas anteriores se lo mantenía en el tabernáculo, después en el templo, y los sacerdotes lo leían frecuentemente. El rey solía toner un segundo ejemplar. La recuperación del libro de la ley fue considerada por Josías y los cronistas posteriores como un evento de gran importancia. El rey leyó en alta voz al pueblo algunos pasajes tomados de Levítico 26 y Deuteronomio 28 y 29. De esto se deduce que el “libro de la ley” representaba los primeros cinco libros de la Biblia o al menos parte de ellos. El redescubrimiento de este libro fue el motivador de la reforma que ocurrió durante su reinado.

Durante los 70 años del exilio babilónico, las palabras de los profetas fueron muy apreciadas. Judá como nación dejó de existir, incluyendo su capital y su templo. Pero todavía existían el libro de la ley y los libros de los profetas.

El Talmud judío afirma que Esdras, quien dirigía al pueblo al final del exilio en Babilonia, emprendió la recopilación y el cuidado del texto de la Ley y los Profetas. También sugiere que se convocó una “gran sinagoga” (asamblea) y que por algunos años toda la Ley, los Profetas y los Escritos fueron examinados y evaluados. Además de la obra de Esdras mismo, muchos estudiosos han sugerido que miembros de esta gran asamblea hicieron trabajo editorial.

Los libros del Antiguo Testamento se dividen comúnmente en cuatro secciones: el Pentateuco (los libros de Moisés), los libros históricos (Josué a Ester), los cinco libros de poesía y ética (Job a Cantares) y los libros de los profetas (Isaías a Malaquías).

El trabajo de conformar lo que llamamos el Antiguo Testamento había comenzado, gracias a Esdras y la Gran Sinagoga, ya por el 450 a.C. La mayoría de los estudiosos acepta hoy que, para tiempos de Cristo, el Antiguo Testamento existía en la forma delineada arriba.

Tras la caída de Jerusalén en el año 70 d.C. hubo bastante discusión sobre el canon bíblico. Un rabino llamado Yochanan ben Zakkai obtuvo permiso de las autoridades romanas para abrir una academia rabínica en Jamnia en la que se discutió el contenido del canon inspirado. El debate se centró en cuatro libros que algunos consideraban marginales: Proverbios, Eclesiastés, Cantares y Ester. Después de tratar los pros y contras, los eruditos acordaron incluirlos con los demás libros en el canon. De hecho, “los libros que decidieron reconocer como canónicos ya eran generalmente aceptados, aunque se habían levantado preguntas sobre ellos. Los que rehusaron aceptar nunca habían sido incluidos. Nunca expurgaron del canon ningún libro previamente aceptado”.2

La academia rabínica de Jamnia no invistió los libros de lo que llamamos el Antiguo Testamento con autoridad por el hecho de incluirlos en alguna lista sagrada. Los incluyeron en la lista —o canon— porque ya estaban reconocidos como inspirados por Dios, autoritativos, y lo habían sido, en la mayoría de los casos, ya por siglos.

Un contemporáneo de Jesucristo, Filón de Alejandría, aceptó el canon del Antiguo Testamento en la forma reconocida hoy. Lo mismo ocurre con Flavio Josefo, autor del siglo primero. La lista más antigua de libros del Antiguo Testamento fue redactada por Melitón, obispo de Sardis, por el 170 d.C., y está preservada en el cuarto volumen de la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea.3

El canon del Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento tiene tres categorías de libros: los narrativos (los cuatro evangelios y Hechos), las epístolas y un libro apocalíptico, el Apocalipsis de San Juan.

Aunque llevó sólo unos 50 años escribir los libros del Nuevo Testamento, darle la forma que tiene actualmente llevó mucho más. No encontramos antes del 367 una enumeración de libros exactamente con la forma actual. Esta lista aparece en una carta pascual de un obispo cristiano, Atanasio.

Durante los dos siglos y medio transcurridos entre la finalización del último libro del Nuevo Testamento y la lista de Atanasio hubo mucha discusión sobre qué libros debieran ser o no incluidos en el canon. El Antiguo Testamento era la Sagrada Escritura de los primeros cristianos. Gradualmente algunos escritos cristianos fueron colocados a la par del Antiguo Testamento, “no por algún decreto de un concilio sino por el consenso de los creyentes; la intuición espiritual de la Iglesia vino a decidir paulatinamente cuáles de sus escritos debieran ser considerados ‘canónicos’”.4

¿Qué produjo “el consenso de los creyentes”? ¿Qué informó la “intuición espiritual de la iglesia”? Los libros descartados del canon del Antiguo Testamento llegaron a ser llamados “apócrifos”. Otro grupo de libros mal adjudicados —los pseudoepigráficos— también fue descartado. Los apócrifos contienen historia y dichos sapienciales. Los pseudoepigráficos contienen mucho de magia y poca historia. Al examinar los libros descartados del Nuevo Testamento —los apócrifos— nuevamente detectamos la acción de una influencia guiadora sobrenatural.

Los libros incluidos fueron aquellos reconocidos como inspirados por Dios y capaces de ayudar espiritualmente a los seres humanos y dar a conocer a Cristo. Se los reconoció como escritos por hombres cercanos a Jesús e implicados en la gran aventura del primer siglo que llevó el evangelio a los límites del mundo entonces conocido.

Un contemporáneo griego de Atanasio habló del “eco de una gran alma” que él declaraba percibir en los libros canónicos del Nuevo Testamento. William Barclay, el renombrado estudioso del Nuevo Testamento, dice: “El timbre de sublimidad se percibe en los libros del Nuevo Testamento. Llevan la grandeza impresa en sus rostros. Son autoevidentes”.

Cuando el traductor bíblico J. B. Phillips comparó los libros del Nuevo Testamento “con los escritos que fueron excluidos del Nuevo Testamento por los antiguos Padres” no pudo menos que “admirar su sabiduría”. Afirmó: “Probablemente la mayor parte de la gente no ha tenido la oportunidad de leer los ‘evangelios’ y las ‘epístolas’ apócrifos, como lo han hecho los estudiosos. Sólo puedo decir que en tales escritos respiramos una atmósfera de magia y fantasía, de mito y fábula. En toda la tarea de traducir el Nuevo Testamento, no importa cuán grande fuera el desafío, nunca llegué a sentir que se me arrastraba a un mundo hechizado, embrujado y sometido a poderes mágicos tales como abundan en los libros rechazados del Nuevo Testamento. Fue ese sentimiento de fe y confianza lo que me llevó a la convicción, difícil de expresar con palabras, que estamos frente a lo genuino y auténtico”.5

El argumento de la “autoevidencia” se hace más convincente al leer uno mismo los libros que casi entraron en el Nuevo Testamento, pero no lo lograron; libros cuyos autores quisieron que fuesen aceptados y no lo fueron. En el siglo II se escribió una serie de libros llamados “evangelios de la infancia”. Los cuatro evangelios canónicos no nos dan detalles de la primeras tres décadas de la vida de Jesús hasta el comienzo de su ministerio público. Estos “evangelios de la infancia” se propusieron llenar ese vacío.

El llamado “evangelio de Tomás” supuestamente contiene un registro de la infancia de Jesús. El niño Jesús, mientras juega, aparece creando del barro pajaritos con vida, y haciendo caer muerto a un chico que “vino corriendo y se estrelló contra su hombro”. A Jesús, como aprendiz de carpintero, se lo presenta estirando las vigas de madera que no alcanzaban la medida como si fueran de goma, y ejerciendo toda una serie de poderes mágicos totalmente inútiles.

Nadie puede confundir una cosa así con la verdadera Biblia. De hecho, la Escritura es autoevidente. Cuando se comparan los evangelios con estos libros, se hace claro por qué algunos libros quedaron adentro y otros fuera, sin apelación. La línea es claramente definida y no cabe discusión.

Se tuvo mucho cuidado en asegurar que los autores de los libros canónicos hubieran conocido a Jesús personalmente. La señal distintiva de estos hombres era su preocupación de demostrar que el Jesús que verdaderamente hizo estas cosas en el pasado era el mismo Cristo viviente que sigue haciéndolas.

En el libro de Hechos de los Apóstoles, cada uno de los sermones termina destacando la realidad de la resurrección. Para el Nuevo Testamento Jesús sobre todo es el Cristo viviente. Por cuanto los evangelistas estaban hablando de este Jesús viviente, dieron una cantidad desproporcionada de espacio a la última semana antes de la crucifixión y resurrección. El interés central de los discípulos, de la cristiandad y su teología, es la muerte y resurrección de Jesús. Los libros que no hicieron de esto su interés central simplemente fueron dejados de lado o deliberadamente excluidos.

“Bien podemos creer”, dice el profesor F. F. Bruce, “que aquellos antiguos cristianos actuaron con una sabiduría mayor que la suya propia en este asunto, no sólo por lo que aceptaron, sino por lo que rechazaron”. “Lo que es de destacar especialmente es que el canon del Nuevo Testamento no fue delimitado por el decreto arbitrario de ningún concilio. Cuando por último el concilio eclesiástico —el sínodo de Hipona en el 393— elaboró una lista con los 27 libros del Nuevo Testamento no les confirió con ello ninguna autoridad que no poseyesen hasta entonces, sino simplemente registró su canonicidad establecida previamente”.6

En resumen, el proceso por el cual los libros del Nuevo Testamento llegaron a ser aceptados como inspirados por Dios fue, esencialmente, el mismo que llevó a la aceptación de los del Antiguo. Estos dos libros, la Biblia de los apóstoles y la Biblia que escribieron los apóstoles, unidos llegaron a abarcar lo que los cristianos aceptan como la Palabra escrita de Dios, el principio unificador de la cual es Cristo mismo, quien trae salvación. De ese modo la Biblia, la Palabra inspirada, tiene su origen, autoridad y genuinidad enraizada en Cristo, la Palabra (Verbo) encarnada.

David Marshall (Ph.D., University of Hull) fue profesor por varios años antes de convertirse en escritor y redactor de revistas. Ha publicado 20 libros sobre temas históricos, bíblicos y de viajes. Es en la actualidad redactor jefe de Stanborough Press. Su dirección: Alma Park; Grantham, Lincs. NG31 9SL; Inglaterra. Este artículo fue adaptado de su libro The Battle for the Bible (Autumn House, 2004).

REFERENCIAS

1. G. A. Smith, Modern Criticism and the Preaching of the Old Testament (London: Hodder and Stoughton, 1901), p. 5.

2. F. F. Bruce, The Books and the Parchments (Westwood, N.J.: Revell, 1963), p. 89.

3. Ibid., pp. 89-92.

4. G. W. H. Lampe, ed., The Cambridge History of the Bible (Cambridge University Press, 1963-1969), vol. 2, p. 42.

5. J. B. Phillips, Ring of Truth: A Translator’s Testimony (New York: Macmillan, 1967), p. 95.

6. Bruce, pp. 103, 104.

sábado, 8 de diciembre de 2007

¿Debemos catalogar o amar?

¿Debemos catalogar o amar?

Denise Badger

En la obra clásica para niños Alicia a través del espejo, Alicia, antes de encontrarse con Tweedledum y Tweedledee, entra en el bosque-sin-nombres y halla un cervatillo. "Ni Alicia ni el cervatillo podían recordar sus nombres. Así que caminaron juntos por el bosque, Alicia abrazando tiernamente el suave cuello del cervatillo; pero, justo al salir del bosque, el cervatillo dio un salto por el aire y se sacudió del brazo de Alicia. '¡Soy un cervatillo!' gritó. 'Y tú... ¡Ay de mí! ¡Si eres una criatura humana!'"1

Cuando leí esto, me sentí frustrada. ¿Por qué no regresaron al bosque? O mejor todavía, ¿por qué no se dieron cuenta de lo bien que se llevaban cuando habían olvidado sus rótulos respectivos y continuaron disfrutando de una amistad verdadera al recorrer el resto del País de las Maravillas? Aparentemente, es mucho pedir, aun para un cuento.

Entonces leí otro relato que me hizo pensar. El capítulo 9 del Evangelio de Juan describe la escena en que Jesús y sus discípulos se encuentran con un ciego. Los discípulos se detienen. ¿Para ayudar al ciego? ¿Para escucharlo y mostrarle amor? Nada de eso. Se detuvieron para clasificarlo, para ponerle un rótulo. "¿Quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?" (Juan 9:2).2 Parecía no importarles que era un ser humano necesitado, que había sido rechazado e ignorado toda la vida. Parecía no importarles que podía escuchar todo lo que decían de él.3 Los discípulos lo miraron y no vieron en él a una persona, sino un problema teológico, e invitaron a Jesús a resolverlo.

Pero Jesús no lo hizo. Decidió amar en vez de catalogar. Mientras los discípulos veían a un ciego con problemas, Jesús vio un hombre con posibilidades. Cuando los discípulos decidieron discutir cuestiones teológicas, Jesús eligió mostrar que la religión verdadera significa tener compasión y ayudar de corazón (Santiago 1:27). Los discípulos querían una solución; Jesús esperaba un milagro.

Jesús se rehusó a clasificar. ¿Por qué? Porque quiso ver un futuro esperanzado antes que los problemas del pasado. La cuestión no era quién había sido o qué había hecho, sino lo que Dios haría con él. Esto ocurrió, dijo Jesús, "para que las obras de Dios se manifiesten en él" (Juan 9:3). Jesús dejó en claro que debemos aprender a ver como Dios ve si es que deseamos ser parte del milagro que él anhela realizar.

Es difícil ver el milagro

A veces es difícil ver el milagro porque nos hemos acostumbrado a catalogar, a ponerles un rótulo, una etiqueta, a los demás. Las etiquetas son prácticas. Las utilizamos en toda clase de recipientes y carpetas (y personas) para saber qué hay adentro. Las etiquetas son precisas. Uno sabe qué esperar y nos liberan de la tarea de pensar. Uno lee la etiqueta, y sabe. Esto nos proporciona la sensación de familiaridad y control, ya que, con una etiqueta, lo desconocido desaparece.4

Cierta vez leí el caso de un muchacho que pensó que sabía lo que tenía entre manos mientras arrojaba piedras al océano. Continuó lanzando piedras hasta casi hacer desaparecer la pila que había hallado en una cueva. De repente, dos piedras chocaron entre sí y se partieron, permitiéndole ver que dentro no había más piedra como era de esperar, sino diamantes en bruto. Imaginen cómo se sintió el muchacho al pensar en los cientos de gemas que acababa de arrojar al océano.

Desafortunadamente, con las personas puede ocurrir lo mismo. Cuando las clasificamos, nos perdemos el milagro que está por ocurrir. Cuando sólo observamos el exterior, nos perdemos el tesoro que llevan adentro. Pensemos una vez más en Juan 9:1. Jesús "vio un hombre ciego de nacimiento". La palabra griega para "ver" implica que Jesús miró con detenimiento, más allá de la superficie. Jesús miró el corazón y el alma de este hombre para ver lo que los demás no habían notado. Los discípulos sólo vieron el exterior y quisieron seguir adelante. Pero Jesús les dijo: "¡Esperen! ¡Está por ocurrir un milagro!" Dios realizará algo grande a través de nosotros si se lo permitimos. "Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura" (Juan 9:4). Mientras tengamos vida, tenemos una tarea que hacer: amar. No catalogar o juzgar. No ignorar o pasar de largo, sino amar. "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros" (Juan 13:35).

Jesús sanó al ciego, devolviéndole la vista, la autoestima, su sitio en la sociedad. Y cuando el hombre fue expulsado del templo, rechazado por los religiosos que gozaban de poder y popularidad, Jesús lo buscó y le ayudó a ver más allá del prejuicio y la ceguera religiosa, para conocer al Dios de amor. Y "el hombre dijo: 'Creo, Señor', y lo adoró" (Juan 9:38). Fue un día de milagros.

La promesa segura

La promesa de Jesús es segura: "El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará" (Juan 14:12). Todos los que amamos a Jesús podemos hacer lo que él hizo. Podemos comenzar hoy mismo a sanar y restaurar a los demás. Donde hay rupturas, busquemos la reparación. Donde hay soledad, la reconexión. Esto ocurrirá cuando abramos nuestros ojos y nuestro corazón para ver como Jesús, cuando dediquemos tiempo aun a las relaciones más simples, cuando nos acerquemos a los que otros olvidan e ignoran: cuando amemos en lugar de poner rótulos.

Cierta vez, un pastor hizo una pregunta a un grupo de pastores para que evaluaran si sus iglesias reflejaban el amor de Dios. La pregunta era simple: ¿Ama tu iglesia a los fracasados? En tu iglesia, ¿se sienten respetados, atendidos y valorados los que la sociedad llama "fracasados"? Cuando se ven a través de tus ojos, ¿reconocen el milagro divino, el milagro latente?

Esto me hizo pensar, no sólo acerca de mi iglesia, sino también en cuanto a mi propia actitud. ¿Amo yo a los fracasados? ¿Realmente respeto, escucho y valoro a los que la sociedad llama "fracasados"? La pregunta me intrigaba y me incomodaba. Me intrigaba porque me llevaba a evaluar mi propio corazón y mis pensamientos, allí donde nadie ve. Me molestaba porque me obligaba a repasar la lista de la gente que conozco y a quienes había clasificado inconscientemente como "fracasados" o "exitosos". Ese acto de clasificar a mis semejantes erigía muros de separación que yo quería derribar en mi conciencia. Y pensé: ¿Qué ocurriría si alguien hiciera esa pregunta en nuestra iglesia y, con toda sinceridad, respondiéramos? "¿Qué es un fracasado? ¡No conocemos a nadie aquí a quien corresponda esa descripción!" ¿No sería hermoso si tuviéramos, como en el País de las Maravillas de Alicia, una iglesia-sin-nombres, una iglesia sin muros, sin etiquetas, sin rótulos? En fin, un lugar hermoso donde nos viéramos como Dios nos ve, donde buscáramos y celebráramos los milagros latentes; una iglesia, como la de Efesios 4, que está unida y "recibe su crecimiento para ir edificándose en amor" (Efesios 4:16). Parece imposible, y sin embargo...

¡Jesús nos mostró que es posible! Es más que el deseo de un personaje de un cuento de hadas. Es una realidad que con la ayuda de Dios podemos alcanzar, una persona a la vez. Se hace realidad cuando elegimos amar en vez de clasificar. Cuando reconocemos que todos somos una obra en proceso, un milagro latente, un diamante en bruto. Y cuando lo admitimos, podemos agregar un "todavía" a nuestras evaluaciones.5

Guillermo no es un líder...todavía. María no escucha consejos... todavía. Marcos no tiene paciencia... todavía. No podemos pronunciar un juicio final acerca de alguien o descartarlo hasta que no esté "terminado". Ningún atleta gana o pierde antes del final de la carrera. Cuando vemos como Jesús ve, evitamos clasificar o descartar, porque Dios todavía está obrando. Creemos que es posible ver el milagro que va a ocurrir, la belleza interior, el tesoro oculto en cada uno, si miramos y escuchamos más allá de la superficie. Donde observamos deficiencias, miremos lo que está por suceder, el milagro inesperado. Dios llama a sus discípulos a colaborar en esta tarea. Nos invita a unirnos, mientras aún es día, para hacer la obra de Dios. ¿Cuál es esa obra? ¡Amar para que la gloria de Dios se manifieste en nuestros prójimos! "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos por los otros".

Mira con amor antes de clasificar... y espera el milagro.

Denise Badger es una asociada en el equipo pastoral de la Iglesia Adventista de Forest Lake, en Apopka, Florida, Estados Unidos.

Notas y referencias

1. Citado en Rachel Naomi Remen, Kitchen Table Wisdom (New York: Riverhead Books, 1996).

2. Las citas bíblicas provienen de la Versión Reina-Valera, revisión 1960.

3. Max Lucado, (Dallas: Word Publishing, 1995).

4. Remen, opus cit.

5. Ibid.

jueves, 6 de diciembre de 2007

El beso divino de la vida

Larry L. Lichtenwalter

En su libro Mortal Lessons: Notes on the Art of Surgery, el cirujano Richard Selzer narra lo sucedido una noche en que se encontraba junto al lecho de una mujer que comenzaba a recuperarse de una cirugía facial. Tenía la boca contorsionada grotescamente a causa de la operación. Se le había desarrollado un tumor en la mejilla y para extirparlo, el cirujano había tenido que cortar una diminuta fibra del nervio facial que correspondía a los músculos bucales. Por el resto de su vida, la boca iba a tener ese gesto extraño. Un hombre joven se encontraba en el cuarto, junto a su cama. Levemente iluminados por una lámpara, parecían ignorar al cirujano. “¿Quiénes son?”, se pregunta. “Él y la mujer con la boca deformada que yo causé; ellos, que se miran y se acarician con tanto afecto”.

“¿Me quedará la boca así para siempre?”, le pregunta ella, mirando al doctor.

“Sí, porque tuve que cortar el nervio”, explica Selzer.

Ella asiente en silencio.

Pero el visitante sonríe. “A mí me gusta”, comenta. “Te queda gracioso”.

Entonces Selzer se da cuenta de quién es el hombre, y baja la mirada. Sin preocuparse por la presencia del cirujano, el joven esposo se inclina y besa a su esposa en la boca torcida. Selzer estaba tan cerca que podía ver cómo él doblaba sus propios labios para acomodarlos a los de ella, para mostrarle que aún podían ser besados.1

Uno se pregunta cómo habrá hecho Dios para acomodar su boca y soplar en la nariz de Adán el aliento de vida (Génesis 2:7). ¿Puedes imaginarlo? El don de la vida es conferido a la raza humana en un encuentro cara a cara. Dios forma una obra de arte a partir del polvo húmedo de la tierra. En el proceso, se crea un vínculo entre el artista y su obra. Entonces llega el momento del toque final. ¡Sólo Dios lo hubiera pensado! Los labios vivientes se acercan a la fría nariz de lodo. Un soplo silencioso de vida pasa de la boca de Dios a la inerte escultura de barro. Los labios de polvo se llenan de vida. Los ojos fríos e inexpresivos se abren y se encuentran con la mirada danzante de los ojos divinos. El rostro sonriente de Dios permanece muy cerca. Sus manos aún sostienen el rostro del hombre. Es la primera experiencia de vida de Adán, un encuentro cara a cara con Dios. ¡Qué momento!

La identidad que Dios concede

El libro de Génesis traía buenas noticias a la generación de israelitas que se preparaban para entrar en la tierra prometida. Era un pueblo inseguro de su identidad y de su propósito en la vida y su futuro. Un pueblo que debía mantener una postura espiritual y moral en medio de una cultura inmoral que negaba a Dios. Un pueblo que luchaba por creer que la tierra prometida era mejor que Egipto o que cualquier refugio en el desierto. Tenía que ser diferente de sus vecinos paganos. Lo mismo se espera de nosotros, que somos el pueblo de Dios para el tiempo del fin. ¿Qué mejor imagen podemos tener que la de Dios tomando el rostro de Adán entre sus manos y acomodando sus labios contra sus narices polvorientas para darle vida? ¿Nos hizo a su imagen y su semejanza? Pues entonces, nuestra identidad moral y espiritual provienen directamente de Dios (Génesis 1:26-28).

A mediados de los años 90, el fabricante de juguetes Mattel lanzó a Barbie, la muñeca de más venta en el mercado de los juegos electrónicos. El bello maniquí de 28 centímetros ahora puede caminar y moverse en un programa informático interactivo. Incluye el programa “Diseñador de moda”, que permite crear hasta 15.000 diferentes atuendos que las Barbies muestran en una caminata tridimensional por una pasarela. Y también está el programa “Creación de historias”, donde es posible crear tus propios filmes de Barbie, incluyendo argumentos y escenas de acción. Se trataba de una estrategia comercial para que las niñas fueran tan adictas a la informática como lo son los varones. De esa manera, por más de 40 años, Barbie ha sido el medio por el cual las jovencitas han imaginado la vida y se han proyectado a su futuro.

Algo semejante ha ocurrido con las diversas teorías acerca de la naturaleza humana existentes en el mundo actual. Evolucionistas, sociólogos, psicólogos, seguidores de la Nueva Era, marxistas, budistas, musulmanes y cristianos de diversas convicciones han “vestido” al ser humano de diferentes maneras. Los marxistas dicen que nos forman las presiones socio-económicas. Los evolucionistas, que somos la culminación del desarrollo biológico natural de la supervivencia del más apto. Los de la Nueva Era afirman que somos dioses y parte de una vasta conciencia cósmica. Los existencialistas nos han dicho que sólo nosotros decidimos nuestro destino. Jean Paul Sartre declaró que “el ser humano es como una burbuja de conciencia en el vasto océano de la nada, en el que flotamos precariamente hasta explotar”.

Sin un claro sentido de identidad, podemos sentirnos perdidos y anónimos en medio de los miles de millones que pueblan nuestro planeta. El futuro puede parecer absurdo y sin sentido. Gran parte de la crisis moral de nuestra sociedad y las disfunciones familiares se deben a que existe confusión acerca de quiénes somos y para qué estamos en el mundo.

Afortunadamente, el Génesis nos recuerda que hemos sido creados a imagen del Dios que nos ama y está obrando para redimirnos. Este despertar repentino por el soplo en las narices de polvo inerte es significativo pues constituye el fundamento de lo que la Biblia enseña acerca de quiénes somos. Explica el propósito de nuestra vida y apunta a nuestro destino. Delinea nuestra dignidad, nuestras responsabilidades y derechos.

Un centro espiritual

Naomi Rosenblatt escribe: “Estar hechos a imagen de Dios nos proporciona un centro espiritual portátil”.2 Donde vayamos, esa esencia nos acompaña. “Si nos consideramos hechos a la imagen de Dios, nadie más puede definirnos”.3 Cuando somos conscientes de esa identidad espiritual, nadie puede usurparla ni reemplazarla, aun cuando pasemos por situaciones difíciles. Eso es lo que Israel necesitaba oír en el pasado. Eso es lo que necesitamos oír hoy como pueblo remanente de Dios que se encuentra a las puertas de la tierra prometida celestial. Y siempre debe ser parte del mensaje del evangelio a un mundo habitado por seres confundidos acerca de su origen, propósito y destino (Apocalipsis 14:7; 10:1, 5-7; 4:11; 21:1, 5).

Aquel despertar milagroso del Génesis indica no sólo que Dios tiene poder de crear algo de la nada (incluyendo la nada de nuestras vidas), sino también que tiene el deseo de que así sea. Esto ha sido afirmado en el Calvario, donde los labios de Jesús se contorsionaron al pronunciar palabras de dolor, angustia y perdón. El Apocalipsis nos promete que en la nueva creación los seres humanos verán una vez más el rostro de Dios cara a cara (Apocalipsis 22:4). Y sus labios pronunciarán palabras de bendición, sonreirán con gozo y entonarán una canción (Sofonías 3:17).

Hoy, en medio del sufrimiento y las pruebas, se nos invita a meditar en aquella primera manifestación del amor divino por nosotros, cuando Dios nos concede el aliento de vida para que reflejemos sus cualidades morales en este mundo. La cruz afirma ese milagroso comienzo y nos brinda el poder para ser restaurados por completo a su imagen (Romanos 5:10-21; Apocalipsis 12:10, 11). La promesa de la nueva creación revela no sólo quiénes somos sino también adónde vamos (Apocalipsis 22:3, 4; 2 Pedro 3:11-14; 1 Juan 3:1-3; Colosenses 3:1-10). Vivimos, pues, entre la creación primigenia y la restauración futura, seguros de nuestra identidad y confiados en nuestro glorioso destino.

¡Alabemos a Dios por ello!

Larry Lichtenwalter, Ph.D., es ministro de la Iglesia Adventista de Berrien Springs, Michigan, EE.UU. y autor de varios libros. Su dirección electrónica: llichtenwalter@misda.org.

REFERENCIAS

1. Richard Selzer, Mortal Lessons: Notes on the Art of Surgery (Nueva York: Simon and Schuster, 1974), pp. 45, 46.

2. Naomi H. Rosenblatt, Wrestling With Angels (Nueva York: Delacorte Press, 1995), p. 15.

3. Ibid., p. 14.

http://dialogue.adventist.org/articles/17_2_lichtenwalter_s.htm
http://fotolog.com/entrandoalcielo

domingo, 2 de diciembre de 2007