sábado, 8 de diciembre de 2007
¿Debemos catalogar o amar?
Denise Badger
En la obra clásica para niños Alicia a través del espejo, Alicia, antes de encontrarse con Tweedledum y Tweedledee, entra en el bosque-sin-nombres y halla un cervatillo. "Ni Alicia ni el cervatillo podían recordar sus nombres. Así que caminaron juntos por el bosque, Alicia abrazando tiernamente el suave cuello del cervatillo; pero, justo al salir del bosque, el cervatillo dio un salto por el aire y se sacudió del brazo de Alicia. '¡Soy un cervatillo!' gritó. 'Y tú... ¡Ay de mí! ¡Si eres una criatura humana!'"1
Cuando leí esto, me sentí frustrada. ¿Por qué no regresaron al bosque? O mejor todavía, ¿por qué no se dieron cuenta de lo bien que se llevaban cuando habían olvidado sus rótulos respectivos y continuaron disfrutando de una amistad verdadera al recorrer el resto del País de las Maravillas? Aparentemente, es mucho pedir, aun para un cuento.
Entonces leí otro relato que me hizo pensar. El capítulo 9 del Evangelio de Juan describe la escena en que Jesús y sus discípulos se encuentran con un ciego. Los discípulos se detienen. ¿Para ayudar al ciego? ¿Para escucharlo y mostrarle amor? Nada de eso. Se detuvieron para clasificarlo, para ponerle un rótulo. "¿Quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?" (Juan 9:2).2 Parecía no importarles que era un ser humano necesitado, que había sido rechazado e ignorado toda la vida. Parecía no importarles que podía escuchar todo lo que decían de él.3 Los discípulos lo miraron y no vieron en él a una persona, sino un problema teológico, e invitaron a Jesús a resolverlo.
Pero Jesús no lo hizo. Decidió amar en vez de catalogar. Mientras los discípulos veían a un ciego con problemas, Jesús vio un hombre con posibilidades. Cuando los discípulos decidieron discutir cuestiones teológicas, Jesús eligió mostrar que la religión verdadera significa tener compasión y ayudar de corazón (Santiago 1:27). Los discípulos querían una solución; Jesús esperaba un milagro.
Jesús se rehusó a clasificar. ¿Por qué? Porque quiso ver un futuro esperanzado antes que los problemas del pasado. La cuestión no era quién había sido o qué había hecho, sino lo que Dios haría con él. Esto ocurrió, dijo Jesús, "para que las obras de Dios se manifiesten en él" (Juan 9:3). Jesús dejó en claro que debemos aprender a ver como Dios ve si es que deseamos ser parte del milagro que él anhela realizar.
Es difícil ver el milagro
A veces es difícil ver el milagro porque nos hemos acostumbrado a catalogar, a ponerles un rótulo, una etiqueta, a los demás. Las etiquetas son prácticas. Las utilizamos en toda clase de recipientes y carpetas (y personas) para saber qué hay adentro. Las etiquetas son precisas. Uno sabe qué esperar y nos liberan de la tarea de pensar. Uno lee la etiqueta, y sabe. Esto nos proporciona la sensación de familiaridad y control, ya que, con una etiqueta, lo desconocido desaparece.4
Cierta vez leí el caso de un muchacho que pensó que sabía lo que tenía entre manos mientras arrojaba piedras al océano. Continuó lanzando piedras hasta casi hacer desaparecer la pila que había hallado en una cueva. De repente, dos piedras chocaron entre sí y se partieron, permitiéndole ver que dentro no había más piedra como era de esperar, sino diamantes en bruto. Imaginen cómo se sintió el muchacho al pensar en los cientos de gemas que acababa de arrojar al océano.
Desafortunadamente, con las personas puede ocurrir lo mismo. Cuando las clasificamos, nos perdemos el milagro que está por ocurrir. Cuando sólo observamos el exterior, nos perdemos el tesoro que llevan adentro. Pensemos una vez más en Juan 9:1. Jesús "vio un hombre ciego de nacimiento". La palabra griega para "ver" implica que Jesús miró con detenimiento, más allá de la superficie. Jesús miró el corazón y el alma de este hombre para ver lo que los demás no habían notado. Los discípulos sólo vieron el exterior y quisieron seguir adelante. Pero Jesús les dijo: "¡Esperen! ¡Está por ocurrir un milagro!" Dios realizará algo grande a través de nosotros si se lo permitimos. "Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura" (Juan 9:4). Mientras tengamos vida, tenemos una tarea que hacer: amar. No catalogar o juzgar. No ignorar o pasar de largo, sino amar. "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros" (Juan 13:35).
Jesús sanó al ciego, devolviéndole la vista, la autoestima, su sitio en la sociedad. Y cuando el hombre fue expulsado del templo, rechazado por los religiosos que gozaban de poder y popularidad, Jesús lo buscó y le ayudó a ver más allá del prejuicio y la ceguera religiosa, para conocer al Dios de amor. Y "el hombre dijo: 'Creo, Señor', y lo adoró" (Juan 9:38). Fue un día de milagros.
La promesa segura
La promesa de Jesús es segura: "El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará" (Juan 14:12). Todos los que amamos a Jesús podemos hacer lo que él hizo. Podemos comenzar hoy mismo a sanar y restaurar a los demás. Donde hay rupturas, busquemos la reparación. Donde hay soledad, la reconexión. Esto ocurrirá cuando abramos nuestros ojos y nuestro corazón para ver como Jesús, cuando dediquemos tiempo aun a las relaciones más simples, cuando nos acerquemos a los que otros olvidan e ignoran: cuando amemos en lugar de poner rótulos.
Cierta vez, un pastor hizo una pregunta a un grupo de pastores para que evaluaran si sus iglesias reflejaban el amor de Dios. La pregunta era simple: ¿Ama tu iglesia a los fracasados? En tu iglesia, ¿se sienten respetados, atendidos y valorados los que la sociedad llama "fracasados"? Cuando se ven a través de tus ojos, ¿reconocen el milagro divino, el milagro latente?
Esto me hizo pensar, no sólo acerca de mi iglesia, sino también en cuanto a mi propia actitud. ¿Amo yo a los fracasados? ¿Realmente respeto, escucho y valoro a los que la sociedad llama "fracasados"? La pregunta me intrigaba y me incomodaba. Me intrigaba porque me llevaba a evaluar mi propio corazón y mis pensamientos, allí donde nadie ve. Me molestaba porque me obligaba a repasar la lista de la gente que conozco y a quienes había clasificado inconscientemente como "fracasados" o "exitosos". Ese acto de clasificar a mis semejantes erigía muros de separación que yo quería derribar en mi conciencia. Y pensé: ¿Qué ocurriría si alguien hiciera esa pregunta en nuestra iglesia y, con toda sinceridad, respondiéramos? "¿Qué es un fracasado? ¡No conocemos a nadie aquí a quien corresponda esa descripción!" ¿No sería hermoso si tuviéramos, como en el País de las Maravillas de Alicia, una iglesia-sin-nombres, una iglesia sin muros, sin etiquetas, sin rótulos? En fin, un lugar hermoso donde nos viéramos como Dios nos ve, donde buscáramos y celebráramos los milagros latentes; una iglesia, como la de Efesios 4, que está unida y "recibe su crecimiento para ir edificándose en amor" (Efesios 4:16). Parece imposible, y sin embargo...
¡Jesús nos mostró que es posible! Es más que el deseo de un personaje de un cuento de hadas. Es una realidad que con la ayuda de Dios podemos alcanzar, una persona a la vez. Se hace realidad cuando elegimos amar en vez de clasificar. Cuando reconocemos que todos somos una obra en proceso, un milagro latente, un diamante en bruto. Y cuando lo admitimos, podemos agregar un "todavía" a nuestras evaluaciones.5
Guillermo no es un líder...todavía. María no escucha consejos... todavía. Marcos no tiene paciencia... todavía. No podemos pronunciar un juicio final acerca de alguien o descartarlo hasta que no esté "terminado". Ningún atleta gana o pierde antes del final de la carrera. Cuando vemos como Jesús ve, evitamos clasificar o descartar, porque Dios todavía está obrando. Creemos que es posible ver el milagro que va a ocurrir, la belleza interior, el tesoro oculto en cada uno, si miramos y escuchamos más allá de la superficie. Donde observamos deficiencias, miremos lo que está por suceder, el milagro inesperado. Dios llama a sus discípulos a colaborar en esta tarea. Nos invita a unirnos, mientras aún es día, para hacer la obra de Dios. ¿Cuál es esa obra? ¡Amar para que la gloria de Dios se manifieste en nuestros prójimos! "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos por los otros".
Mira con amor antes de clasificar... y espera el milagro.
Denise Badger es una asociada en el equipo pastoral de la Iglesia Adventista de Forest Lake, en Apopka, Florida, Estados Unidos.
Notas y referencias
1. Citado en Rachel Naomi Remen, Kitchen Table Wisdom (New York: Riverhead Books, 1996).
2. Las citas bíblicas provienen de la Versión Reina-Valera, revisión 1960.
3. Max Lucado, (Dallas: Word Publishing, 1995).
4. Remen, opus cit.
5. Ibid.
sábado, 10 de noviembre de 2007
Desde Mi Cruz a tu Soledad
Para los que tienen buena conexion a internet Pueden verlo aquí:
Desde Mi Cruz a tu Soledad
Y para los que tienen una conexión más lenta aquí: (menos calidad)
domingo, 4 de noviembre de 2007
domingo, 14 de octubre de 2007
domingo, 26 de agosto de 2007
sábado, 18 de agosto de 2007
El secreto de la victoria de Jesús
El cristianismo es una vida de permanente comunión con Cristo. Existen dos tipos de comunión. La comunión formal, que no es lo mismo que comunión "formalista", sino formal en el sentido en que es metódica y regular. Esta comunión incluye el tiempo que separamos diariamente para dedicarnos al estudio de la Biblia, la oración, la meditación y también para participar en los cultos de la iglesia. El otro tipo es la comunión informal, la que mantenemos con Jesús a lo largo del día, mientras realizamos nuestras diversas actividades.
El consejo de Pablo esta mañana es: "Orad sin cesar". El apóstol está hablando aquí del espíritu de oración que debe caracterizar la vida del cristiano. El apóstol trabajaba "de noche y de día" (1 Tesalonicçnses 2:9), y también oraba "de noche y de día" (cap. 3:10).
¿Entiendes lo que está queriendo decir el apóstol? Está hablando de la comunión informal. El cristiano debe hacer de su vida una oración interminable, no en el sentido de quedar de rodillas el día entero, sino en el sentido de relacionar con Cristo todo lo que hace.
Elena de White aconseja a las dueñas de casa que oren mientras arreglan la casa o preparan el pan. ¿Puedes trabajar, estudiar, practicar deportes, comprar y vender en espíritu de oración? Tal vez ésta sea la gran lucha del cristiano. Si puedes prestar atención a los detalles de tu propia vida, observarás que no existe gran dificultad en separar diariamente un tiempo para tu devoción con Jesús. Nuestro gran problema está en que no mantenemos la comunión informal a lo largo del día. "Orad sin cesar"; éste es el punto clave de la vida cristiana. Cuando la Biblia afirma que Enoc, David, Abraham, Noé y tantos otros héroes de la fe andaban con Dios, está mencionando precisamente el espíritu permanente de oración que estos hombres habían conseguido en su experiencia.
La vida de Jesús fue una vida de permanente oración (S. Marcos 1:35). Y si él, que era Dios hecho carne, necesitaba diariamente de la comunión con el Padre, ¿cuánto más nosotros, hombres debilitados por casi seis mil años de pecado'
Jesús vino a este mundo no tanto para enseñarnos que debemos ser victoriosos, sino para mostrarnos cómo se vive para alcanzar los grandes frutos de la victoria. Vino a indicarnos el camino del poder que cualquier hombre puede conseguir, porque Dios está dispuesto a dar ese poder a los que, reconociendo su debilidad, lo buscan diaria e incesantemente.
fuente : http://groups.msn.com/Adventistasporelmundo/meditaciones.msnw
martes, 31 de julio de 2007
Accidente
Salmos 116:8
Pues tú has librado mi alma de la muerte, Mis ojos de lágrimas, Y mis pies de desbarrar.
Salmos 126:5
Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.
Apocalipsis 7:17
Porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes vivas de aguas: y Dios limpiará toda lágrima de los ojos de ellos.
Romanos 8:28
Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.
viernes, 20 de julio de 2007
La Insensatez confune a los grandes
Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar al fuerte. 1 Cor 1:27
Abrahán Lincoln dijo cierta vez: “Dios tiene que haber amado a la gente común, porque hizo tantos de ellos”. O tal vez también quería que el mundo viera las transformaciones que su gracia podía operar entre los que no resultaron tan bendecidos con las cosas buenas de la vida. El apóstol Pablo escribe:
“Hermanos, deben darse cuenta de que Dios los ha llamado, aunque pocos de ustedes son sabios según el mundo, y pocos son gente con autoridad o de familias importantes. Al contrario, Dios ha escogido a los que el mundo tiene por tontos, para avergonzar a los sabios; y ha escogido a los que el mundo tiene por débiles, para avergonzar a los fuertes. Dios ha escogido a los que en el mundo no tienen importancia y son despreciados, es decir, a los que no son nada, para poner fin a los que son algo. De modo que nadie pueda sentirse orgulloso delante de Dios”.
“Cuando los detractores pagaos de la primitiva iglesia cristiana afirmaban burlonamente que sus miembros eran los desechos de la sociedad: esclavos, plebeyos, artesanos, la iglesia respondió con altura que precisamente en esto residía su poder. Podía tomar a los miembros más degradados de la sociedad y, por el poder de la cruz, convertirlos en personas nobles. Los ladrones y recolectores de impuestos se transformaron en gente honrada; las prostitutas dejaban detrás su sórdida existencia; los esclavos adquirieron nueva dignidad como miembros de la familia de la fe. Aunque atraía en forma particular a los humildes, que encontraban en el Evangelio una nueva y digna identidad, también atraía a los intelectuales y a los bien nacidos, que le dieron al cristianismo primitivo la dignidad y el prestigio de su apoyo”.
Así ha sucedido a través de los siglos. Es más fácil para el que tiene poco dejarlo todo y seguir a Cristo, que para el hombre rico despojarse de sus riquezas, tomar su cruz y seguir al Señor. Si bien es cierto que ha habido hombres de intelecto poderoso que han aceptado a Cristo como Señor, por lo general ha sido la “gran multitud del pueblo (la que) le oía de buena gana”.
jueves, 19 de julio de 2007
De Principio a Fin
Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. Apoc, 21:6Cuando Jesús se refirió a sí mismo afirmando que era el Alfa y la Omega (para nosotros sería la A y la Z), presentó una GRAN VERDAD QUE NUNCA DEBIERA SER OLVIDADA; una verdad particularmente importante para ustedes y para mí.
Jesús dijo: "Yo soy... el principio". Cuando todas las cosas comenzaron, allí estaba el Hijo de Dios para iniciarlas. Siglos antes de nacer en el pesebre de Belén, Cristo era el Creador. Las cinco primeras palabras de las Escrituras inspiradas nos lo presentan: "En el pricipio creó Dios"
El apóstol Juan nos relata l historia del "principio": "Cuando todo comenzó, ya existía la palabra; y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. En el principo, pues, él estaba con Dios. Por medio de él, Dios hizo todas las cosas; nada de lo que existe fue hecho sin él".
"Y aquel que es la Palabra se hizo hombre y vivió entre nosptros, lleno de amor y de verdad. Y hemos visto su gloria, que es la gloria del Hijo único del Padre".
El Creador del universo llegó a ser nuestro Redentor. El que es nuestro "comienzo" promete: "Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida". Llegó a ser el Autor de nuestra fe. La mano que creó el sol, la luna, las innumerables strellas, que extendió los incontables mundos en el espacio, fue clavada siglos más tarde a la cruz de la ignominia. Pero se convirtió en la cruz de la victoria para ti y para mí. El que nos creó, es capaz de redimirnos.
El que fue "el comienzo", es también "el fin". Es nuesta gloriosa sonsumación . Cuando el drama del bien y del mal concluya, Cristo mismo bajará el telón. En ocasión de su segunda venida inaugurará una admirable eternidad sin pecado. "Los reinos del mundo han venido a ser nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos".
Texto sacado de "Fe para nuestros dias" de Roberto H. Pierson.
Bienvenidos a mi blog